Prólogo de Secreta Fuente V, Carlos Bousoño

   
V

Miguel de Unamuno
¿Cuáles serán los elementos formativos que han aglutinado la nueva poesía? Creo que son visibles dos influencias sobresalientes: de un lado la de Unamuno; de otro la de Vicente Aleixandre. Y aun habría que sumar más: la del malogrado poeta Miguel Hernández, que muere en el año 42, dejando una obra, incursa en nuestro mismo espíritu, y que es, al mismo tiempo, y en cierto modo, usando la terminología de Petersen, origen y guía de nuestra generación, como primer miembro de ella.

Estas tres influencias son las generales para todo el grupo poético juvenil, aunque la dosis sea variable en cada caso particular. Incluso puede faltar alguno de los tres elementos, siendo sustituido o no por otro u otros distintos. Pero también es reconocible la huella de Antonio Machado, Cernuda, Dámaso Alonso, algún clásico e incluso poetas extranjeros como Rilke, Whitman, etc.

Miguel Hernández, cabeza visible de la
"Generación de postguerra"
Hasta ahora he venido refiriéndome al grupo de los jóvenes surgidos después del 39, al que sin aclarar el término he asignado el mote de “generación”. Naturalmente es aún pronto para dar tal apelativo a un conjunto de poetas que todavía está sin desarrollo completo y casi, casi se encuentra en estado de brote. Pero pienso que, con todas las reservas, es ya posible ver bastantes de las características que se han exigido para la existencia de una generación: hecho catastrófico (guerra del 36); elementos formativos comunes (nótese que casi todos los jóvenes poetas son universitarios, y recuérdese lo que acabamos de decir acerca de las comunes influencias); cabeza o delantero, reconocido o no, perteneciente a la misma generación (Miguel Hernández). Petersen pide también un lenguaje generacional. Opino que este elemento es bien visible y puede ser reconocido por todos. Posiblemente la comunidad de lenguaje sea el mayor efecto de la joven poesía. En México, donde tuve ocasión de presentar, a lo largo de una conferencia, algunas muestras sobresalientes de la producción poética española de hoy, fue notada por el auditorio la relativa identidad de lenguaje entre los diversos poetas presentados.

Juan Ramón Jiménez
Es de notar que casi todos los poetas de la generación anterior, han evolucionado en un sentido no muy lejano al de los jóvenes, guardando siempre, como es lógico, sus características esenciales. Maestros y jóvenes han coincidido sobre todo en tres puntos concretos: clarificación de la expresión poética, humanización del fondo vital de la poesía, y nueva complacencia en la línea Quevedo-Machado  frente a la línea Góngora-Juan Ramón Jiménez, antes preferida. Ejemplo de lo dicho pueden ser Guillén, Aleixandre y Cernuda, por no citar sino tres de cuya obra posterior al 36 tenemos más completa noticia en España. En efecto, el tercer “Cántico” ha perdido aquella luz de sereno diamante que tenía en sus dos ediciones anteriores, y ha dado entrada a lo que llamaríamos “conocimiento del dolor”. Es bien notoria, por otro lado, la clarificación expresiva de este tercer “Cántico”, de la que me ha hablado el propio Guillén. Igual sucede en “Sombra del paraíso”, de Aleixandre, cabal ejemplo de hasta qué punto puede aliarse la hervorosidad cálida del corazón con la suprema belleza de la forma. En Cernuda, la transparencia de dicción viene dándose desde el último libro publicado antes de la guerra, “Invocaciones a las gracias del mundo”, y se continúa a través de las diversas obras escritas a partir del año crítico de 1936.

La poesía, pues, ha dado un giro desde la guerra española y hoy boga en una distinta dirección. O renovarse o morir. Nuestra poesía ha optado por el primer miembro del dilema, y hela aquí, de nuevo, dispuesta a existir, a existir bajo otro clima, bajo otra poética, pero bajo el mismo cielo de siempre: el eterno e imperturbable cielo al que aspira.

Prólogo de Secreta Fuente IV, Carlos Bousoño


IV

Vicente Aleixandre
Nuestra poética es todo lo contrario de lo que llamaríamos frivolidad o estúpido jugueteo. Pocas veces se ha hecho poesía tan en serio, con una vocación de seriedad tan honda y arraigada. Y acaso éste sea el peligro de ella. Tal vez sea “humana, demasiado humana”. Porque los que estamos metidos de lleno dentro de la corriente literaria no podemos juzgar la literatura con objetividad completa y estamos sujetos a error. Amamos lo humano, nos emociona lo humano y llegamos a considerar que poesía es “comunicación”. En una carta de Vicente de Aleixandre leo: “La poesía no parece cosa de belleza, sino de comunicación”. ¿Es esto verdad? Si nos ponemos la mano sobre el corazón, diremos que, al menos eso es lo que hoy entendemos por poesía. El criterio de ayer era otro. El de mañana será otro distinto aun. Esto es lo natural, lo lógico, lo biológico. No importa. La poesía no puede ser definida. Sólo es susceptible de definición la poética, el gusto poético de determinados períodos, sujeto a los vaivenes de la temporalidad. Hoy nos gusta lo que ayer se desdeñaba. Mañana no gustará lo que hoy nos agrada y emociona. Pero el gran poeta, y aun el no grande y solo auténtico, resucitará, pasado mañana o pasados cinco siglos. Resucitará como la luz violenta del amanecer. Siempre juvenil, la poesía existe.

¿Y la forma en que pretendemos absorber ese pálpito humano a que me he referido? En la juventud poética de hoy hay un anhelo constructivo, un afán de perfección formal que se evidencia en la boga del soneto y de otras fórmulas más o menos cerradas. Creo que todos aspiran a envasar en armoniosos y arduos recipientes el latido claro u oscurísimo de sus humanizados corazones. Ah, qué difícil, qué casi inasequible meta. Pero la juventud suplica siempre lo absoluto, y rinde sus mejores fuegos tal vez al imposible.

Tampoco importan, de momento, los fracasos. Algo quedará de este noble empeño. Alguna joya preciosa acaso quede gastada para siempre como perpetua luz en la roca durísima de la poesía castellana. ¡Luzca como un diamante, como un gratísimo fulgor, como un sueño, bajo el sol de la mañana imperecedera!

María Magdalena, "El Greco"
Perfección formal más cordial palpitación humana. Esta es la meta. Naturalmente existen los grupos extremosos que sólo llevan a término uno de los dos componentes.


Pero existen también –y son los más- los que aspiran a la síntesis feliz que los salve. A estos poetas habría que decir, como Cristo a la Magdalena: “Mereces perdón porque has amado mucho”. Amar mucho, pedir mucho, para recibir lo que sea, lo que merezcamos. Si uno solo obtiene el galardón, los demás aplaudiremos desde la otra orilla.


Prólogo de Secreta Fuente III, Carlos Bousoño

III

Ante las circunstancias europeas, las nuevas voces poéticas hubieron de adensarse, de profundizarse, de “humanizarse” más y más. Los poetas empezaron a “creer” en la muerte. Los hombres “saben” que han de morirse, pero no siempre “creen” en ello. Sí: la poesía española se ha humanizado. Al empezar el hombre a creer en la muerte, se despierta en él, de un modo paralelo, la conciencia de lo que es la vida, del mismo modo que el desgraciado adquiere conciencia de la felicidad que tuvo en otro tiempo. Así el hombre se “humaniza”, porque se da cuenta de que vive, al darse cuenta de que muere, de que es humano, mortal, perecedero.
  
Antonio Machado
Conciencia de que vive, conciencia de que muere, esto es, conciencia de que existe en el tiempo. El tiempo y su fugitividad, o sea, la idea del hombre como ser temporal, limitado por dos abismos –nacimiento y muerte- será el escenario en que se ha de mover gran parte de la nueva poesía española. Pero, ¿no será ésta una de las características más sobresalientes de la literatura española y hasta europea y norteamericana del siglo XX? Releamos a Antonio Machado, que definía la poesía como “palabra en el tiempo”, a Azorín, a Unamuno, y veamos cómo esa sensación del “fugit irreparabile tempus” impregna casi todas las páginas de sus libros. Y si traspasamos los Pirineos, ¿no nos encontramos con un Bergson, filósofo de lo temporal, en Francia, y luego ya en nuestros días, con el existencialismo angustioso de Sartre? Pero también en la literatura norteamericana la sensación del tiempo la podemos hallar, y así, un escritor, como Thornton Wilder escribe “Our Town”, obra de teatro eminentemente temporal.
  
Y es que, naturalmente, esa “humanización” de que hablo no pudo haber surgido, de pronto, a modo instantáneo, como arde un estanque de gasolina al aplicarse una cerilla. No. Los cambios de espíritu en la historia –se ha dicho- no se dan por saltos, sino por evolución lenta. Y así, esta progresiva humanización viene desarrollándose tal vez desde el romanticismo, intensificada luego por las dos guerras mundiales. El recrudecimiento de tal fenómeno a partir del superrealismo creo que es evidente. Luego la guerra particular de España y la general de Europa hicieron el resto…
  
El hecho creciente de la humanización del hombre actual, que vengo comentando, está registrado de una manera clara, en el vocabulario de hoy. Todos pueden comprobar, a poco que se fijen, una a modo de inflación en el uso de la palabra “humano”. Casi, casi, es ya un latiguillo, sésamo, o palabra mágica de nuestros días.
  
“Un libro muy humano”, “un poema muy humano”, “un hombre muy humano”, son frases que todos decimos. El ser o no ser humana una persona, un film o un libro, es ya para nosotros algo valorativo. El hombre medio juzga ya la calidad de casi todas las cosas por su mayor o menor coloreamiento de humanidad. Y conste que no creo que nuestro punto de mira sea el mejor, ni el que nos vaya a proporcionar una visión más completa. Sólo registro un hecho, sin analizarlo. Es más: pienso que tal vez estemos en un error. Quizá ese modo de ver y de considerar las cosas sea el más sujeto a modificación, el más errado, el más fungible traje de época, insoportable apenas pasen las circunstancias que lo han hecho nacer. 
   
Pedro Salinas
Pero sí: el hombre, su alma, son fenómenos interesantes para la gente de hoy. He aquí la explicación del psicologismo que caracteriza nuestra época, y que trae como consecuencia es éxito, por un lado, de Freud, y por el otro de biografías y epistolarios. También esta humanización y psicologismo pueden explicar el gran desarrollo de la poesía lírica en el siglo XX. Pedro Salinas, en un ensayo, ha caracterizado la literatura de nuestra centuria como eminentemente lírica. Literatura impregnada por la poesía e impregnada de su espíritu.

  
Este es el mundo que nos ha tocado vivir. Mundo de postguerra en España, de diario afán difícil, mientras la otra honda lucha, la europea, continuaba con su rumor, roncamente, allende las fronteras de nuestra patria, y cuyas olas golpeaban, una y otra vez, en los Pirineos inmóviles. Olas de la guerra, allá, allá. En España, las juventudes retornaban a las Universidades. Iban apareciendo tímidamente, algunos poetas jóvenes, en cuyos libros palpitaba también la terrible verdad que agobiaba el mundo. Temática de dolor, de agonía, de muerte. Algún poeta se agarraba con ansia de salvación a la gran cruz católica, leño de Noé que flotaba sobre las aguas de la guerra como única posible solución. Acaso se avecina un gran resurgimiento del espíritu cristiano, cuyas primeras señales sean estos libritos, emocionados, de parte de la juventud poética actual. 

Prólogo de Secreta Fuente II, Carlos Bousoño

II

¡Extraño destino el de nuestra generación poética! A veces pienso en aquella otra alemana de escritores románticos, arrebatada en la flor de la juventud. Tal vez ambas, salvando las distancias todas, estén unidas por fuertes vínculos y un común signo: la muerte. Sí, sobre nuestra juventud parece que también brilla, ciega y desnuda, la estrella blanquísima de la muerte. Nuestros poetas jóvenes miran el lucero pálido alucinadamente. Lo cantan con rencor o tristeza, con resignación o sabiduría. La estrella sigue brillando. Sobre el cielo de España, la muerte da su sagrada luz desnudada. Es a veces la muerte un lucero irisado. Otras un violento astro rojo. Los poetas de España, bajo el cielo de la muerte, alzan la cabeza somnolienta, o se inclinan bajo el tiempo impregnado, mortal. ¿Empieza a cumplirse un destino? Muere Bartolomé Lloréns en Catarroja, donde había nacido. Mayo de 1946. Por aquellas fechas, otro poeta joven, José Luis Hidalgo, estaba dando fin a un libro titulado Los Muertos. Antes de un año, José Luis Hidalgo era uno más, un muerto más bajo la tierra.

Un poeta y crítico, residente en América, me hablaba hace poco de la sinceridad de la nueva poesía española. Recuerdo su frase:
“La generación de ustedes canta a la muerte, pero se muere de verdad.”

Autorretrato de José Luis Hidalgo
Sí: ha pesado un destino ciego, inexorable. Algo hizo que Lloréns, que Hidalgo, que varios otros poetas, prorrumpieran en un coro de himnos, de elegías, de cantos a la muerte. Parece como si ella oprimiera las gargantas de todos, hasta hacer que los poetas se arrancaran del corazón la verdad más honda de sus vidas. Nuestra generación ha vivido el más terrible y crítico momento de la historia del mundo. Ha visto con ojo triste y asombrado removerse el árbol orgulloso hasta que todas sus hojas, verdes y tranquilas, se pusieron de un amarillo pálido, primero, y fueron, luego, cayendo, una a una, sobre los campos de Europa. Ha visto después, pudrirse las hojas, hacerse mantillo sobre el suelo, uniforme mantillo con sólo destino de tierra, mientras arriba, el árbol leñoso, desnudo, era aún soplado por el huracán invasor. ¿Qué quedará de él? ¿Dará en tierra para siempre? ¿Rebrotará otra vez, juvenil, derecho bajo el sol? Tal vez nuestra generación pueda ver el desenlace de esta terrible crisis mundial.


Aguardemos con esperanza la nueva luz.


Prólogo de Secreta Fuente I, Carlos Bousoño

I

Aquí tenéis las poesías de Bartolomé Lloréns. Para algunos –para poquísimos amigos- serán familiares. Para los más, para el pequeño gran público de poesía, resultarán completamente desconocidas. ¿Quién es este Bartolomé Lloréns?, se preguntará. Nadie, o casi nadie, le conoce, y, sin embargo, es –o fue, mejor dicho, pues ya murió hace dos años, cuando el poeta tenía veinticuatro- uno de los más sobresalientes poetas de la generación de postguerra. Y no sólo por la poesía era eminente Bartolomé Lloréns. Por otras razones también, que irán saliendo a lo largo de este prólogo, se destacaba como árbol mayor, como luz mayor, sobre todos nosotros. 

En Madrid yo conocí al poeta en octubre de 1943. Paseábamos con toda la frecuencia que las clases nos permitían, por los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras. Ambos éramos alumnos del tercer curso, y aspirantes los dos a filólogos románicos. Nos unía la misma vocación poética, y discutíamos con mucho más calor la belleza de un verso que la pérdida de las consonantes sonoras intervocálicas. Esto no quiere decir que Lloréns no fuese un alumno aventajado. Lo era aventajadísimo. El compartía con otros dos muchachos el primer puesto en las clases, que nadie se atrevía a disputarles. Pero el corazón del poeta iba hacia otro sitio, buscaba como la rosa de un poema lorquiano, “otra cosa”. Y esta “otra cosa” era la dulce, la eterna poesía. 

SECRETA FUENTE, Bartolomé Lloréns

En el año 1948 ADONAIS publica póstumamente Secreta Fuente, que podemos considerar, aunque otras obras recojan sus escritos, como el poemario de Bartolomé Lloréns. Todo ello se llevó a cabo gracias a su buen amigo Carlos Bousoño, quien escribió el prólogo y seleccionó los poemas.

No deja de ser curiosa la siguiente nota, que nos recuerda, a aquellos que tenemos el poemario, la suerte de la que somos partícipes.

JUSTIFICACIÓN DE LA TIRADA
De esta primera edición póstuma de Secreta Fuente, de Bartolomé Lloréns, se han hecho cuatrocientos veinticinco ejemplares en papel de edición, y ciento en papel especial, de los cuales setenta numerados del 1 al 70 para los suscriptores de lujo de "Adonais", y treinta numerados del I al XXX para los suscriptores de honor. Se ha hecho, además, una tirada aparte de cincuenta ejemplares en papel ofset, numerados a mano.

Reproducimos la cita que encabeza el libro, pronunciada por Dámaso Alonso en su Discurso de recepción en la Real Academia Española, que puede ayudar a ilustrar la grandeza de la personalidad de Bartolo y puede constituir una síntesis de su vida, o de lo más esencial de ésta:

"... El año pasado muere Bartolomé Lloréns, la juventud quizá más traspasada de vida y espíritu, que he tenido estos tiempos a mi lado..."





Material de la exposición sobre Bertomeu Lloréns en Catarroja


Bartolomé Llorens Royo (Catarroja, 1922- 1946)

Un camino en sombras hacia la luz: “Es un poeta de la vida. Anhela la muerte si es el precio para una vida más limpia.”

“Era un auténtico sabio, sobre todo en lingüística.” (Carlos Bousoño)

Había iniciado una tesis doctoral sobre el valenciano de los pescadores de la Albufera, pero la enfermedad le impidió desarrollarla.

“De haber seguido hoy entre nosotros sería un prestigioso lingüista, probablemente Académico de la Lengua” (Carlos Bousoño, Académico y amigo de Bartolomé Llorens)


Bartolomé Llorens Royo (Catarroja, 13 de marzo de 1922-31 de mayo de 1946)

Nació en Catarroja el 13 de marzo de 1922, y falleció el 31 de mayo de 1946, a los 24 años. Su familia era conocida  como la d’els Estudiants, porque  en el siglo XIX uno de sus abuelos, llamado como él Bartolomé Llorens, cursó estudios, lo que no era frecuente en una población fundamentalmente agrícola.
Estudió en el Instituto-Escuela. Hizo Filosofía y Letras en la Universidad Literaria de Valencia (hoy Universitat de València). Fue un estudiante apasionado, vitalista y trabajador, que se declaraba no creyente, aunque en su intimidad experimentaba una gran sed de Dios.

En 1943 se traladó a la Universidad Central de Madrid, para estudiar Filosofía Moderna. Fue discípulo de Dámaso Alonso. Formó parte de la tertulia literaria que tenía lugar en casa de Vicente Aleixandre, donde conoció a Gaos, Castillo Puche y a su gran amigo Carlos Bousoño, futuro Académico de la Lengua.

Carlos Bousoño ha dejado escrito: “Yo escribía Subida al Amor y leía con frecuencia a Bartolomé los poemas que iba escribiendo. Sus comentarios eran siempre inteligentes y llenos de vida. Pues para nosotros lo mismo los problemas culturales que los artísticos eran vida, palpitantes trozos de vida y no secas referencias eruditas o recreativas. Bartolomé Lloréns era ya un auténtico sabio, dentro de su jovencísima juventud, sobre todo en lingüística”.

Era “serio en su trabajo, ilusionado en su afán poético, generoso y cordial en la amistad, ejemplar y maduro en su aceptación consciente y alegre de la muerte que se lo llevó tan temprano a los ojos de quienes le queríamos”

“Hubiera sido (….) uno de nuestros mejores filólogos, y hoy lo tendríamos en la Academia, sin duda ninguna, como lo está nuestro compañero de curso Fernando Lázaro Carreter…”

“Recuerdo las reuniones en casa de Vicente Aleixandre los domingos, la alegría que allí imperaba, el afecto profundo que a todos nos unía, la ilusión de empezar a escribir, que experimentábamos como un destino frenético y deslumbrante, un ansia de ser, no famosos –eso no contaba para nada- , pero sí escritores, escribir y procura hacerlo bien: la felicidad de que la poesía existiese,…”

En sus años universitarios sus versos reflejan la tensión espiritual de su alma, que atravesaba un período de crisis: no acepta racionalmente la trascendencia que pide su alma. Ansía sin hallar y desea sin lograr. En su poesía manifiesta la tensión entre los deseos y los sueños. Los deseos  le hablan de pasión, de  carne, de cosas que no sacian y no dan la felicidad. En cambia los sueños son ideales juveniles de realización perfecta, anhelo de trascendencia, ansia de Dios, afán de pervivencia, de infinito, vida de amor en plenitud a la que se sabe llamado.

Se hacía preguntas que no encontraban respuesta. En las Navidades de 1944 escribió:

Vedme, miradme todos,
soy un hombre desnudo y con las manos vacías
que viene ya de vuelta de todos los sistemas.
Un cansancio se sueños martiriza mi frente
Y el corazón me duele con sangre de verdades.

El Viernes Santo de 1944, nada más que por acompañar a su madre, asiste al Sermón de las Siete Palabras. Una frase le produce especial impresión: Como cae el rocío de un árbol, así caía la Sangre de Cristo del árbol de la Cruz. Al día siguiente anota esa frase y escribe unos inesperados Sonetos a Jesucristo, a Quien empieza a vislumbrar como el más sublime soñador:

                …soñador, profeta mío- Tú fuiste el que soñó más alto sueño, soñador de la Muerte vuelta en Vida, / soñador de una Vida eterna y pura.
                Tú fuiste, Cristo mío, un puro anhelo / un sueño, una hermosura de la vida, /… una pura mirada, /…/ un puro vuelo.
                Sólo una gota de tu sangre pura / que al dar su vida te encumbró a la gloria / bastara, soñador, profeta mío, / para arrastrarme a ti con tu locura.
                …He de ver si sufriendo te conquisto.

En agosto de 1944, durante una guardia en el campamento de milicias, bajo una noche estrellada, se dirige directamente a Dios, de tú a tú,  como nunca lo había hecho hasta entonces:

Mírame tú; tus ojos misteriosos
cuya inmensa pupila me rodea
son la luz ideal que me sostiene.
(“De guardia en la línea caimán”)

En marzo de 1945 (tiene 23 años) el capellán de la residencia de estudiantes donde vive en Madrid, el dominico P. Aguilar, le invita a asistir a unos ejercicios espirituales. Asistió por pura cortesía, pero inesperadamente se produjo la conversión espiritual que anhelaba secretamente, su encuentro con Cristo:

La soledad, la noche en que vivía,
el hondo desamparo y desconsuelo,
la triste esclavitud que me perdía,
son ahora presencia, luz sin velo,
son amor, son verdad, son alegría,
son libertad en Ti, Señor, ¡son Cielo!

Como fruto de ese encuentro con Cristo, se planteó una entrega total a Dios. El padre Aguilar le aconsejó que acudiese a un centro que dirigían personas del Opus Dei. Pocos días después, el 27 de marzo de 1945, escribió en Valencia una carta a San Josemaría Escrivá, solicitando ser admitido en el Opus Dei.

A partir de ese momento, según su amigo Carlos Bousoño, tuvo “la misma alegría de siempre, pero más alta, como iluminada. Me contó su experiencia y me hizo leer una serie de sonetos que había escrito como consecuencia de la remoción de su conciencia (…) Los leí y mi emoción iba creciendo a cada paso. Los poemas estaban llenos de verdad y, por tanto, de auténtica poesía. Desde entonces le vi de otro modo. No sólo iba a ser un gran científico de la lengua, sino también un verdadero poeta, que ya estaba anunciando su gran sensibilidad…”

Cuando había comenzado a trabajar en su tesis doctoral sobre la lengua de los pescadores de la Albufera, sobrevino la gravísima enfermedad: tuberculosis laríngea avanzada.
Cuando Carlo Bousoño acudió a visitarle en su casa “me recibió con la misma alegría de siempre: “Me voy a morir”, me dijo con naturalidad, y añadió: “¡Pero qué fácil es morir! Lo difícil es vivir y ser fiel cada día a la honda creencia”.

“Yo estaba asombrado –relata Bousoño-. Bartolomé no tenía el menor miedo, el menor dolor. Seguimos hablando de otras cosas ajenas a la grave noticia. No estaba triste ni parecía pensar en el asunto. Cariñoso, interesado por todo y por todos como siempre. De sí mismo no hablaba, pero su entusiasmo no había menguado, ni su íntima felicidad… Bartolomé era mucho más grande de lo que yo había esperado de él. Su obra magna no era necesario escribirla: la había realizado ya en su propio ser, de un modo hondo, completo”.

El 27 de enero de 1946 acudió a visitarle en su casa de Catarroja el fundador del Opus Dei, san Josemaría: le animó a rezar por su curación y al mismo tiempo a aceptar la voluntad de Dios con alegría. Se despidieron con un apretado abrazo. “¡Y me dijo en tan breves instantes tanto!” escribe un emocionado Bartolomé a sus amigos.

Carlos Bousoño le escribió el 30 de mayo de 1946: “Tu recuerdo, Bartolo, será siempre para mí puro y ejemplar. Dentro de mi corazón estarás siempre, siempre, siempre, como el motor de todos mis actos nobles.

Me has dado un ejemplo, un ejemplo de Vida, de carácter, de desinterés, de generosidad para con tus amigos y para con Dios; un ejemplo que no olvidaré nunca. Cuando los años pasen, y yo sea un viejo, si es que llego a serlo, recordaré los días de la juventud, y en ellos te veré tan humano, tan juvenil y cargado, tan rico de dolor y alegría, que tu visión me hará olvidar las tristezas del mundo”.
Recibía muchas visitas del pueblo, de sus amigos del Opus Dei, de viejos amigos de la Universidad de Valencia.  En los últimos meses, como no podía hablar, se servía de una pizarra en la que escribía respuestas divertidas a las preguntas que le hacían. Creó una simpática obra de teatro para esos momentos –La perromaquia, la llamó- escrita en fichas que entregaba a las visitas para que fuesen leyendo en voz alta, mientras él hacía moverse con gracia  y de acuerdo con el texto a un simpático perrillo articulado, hecho con madera y cuerdas. Las visitas, que habían acudido a consolar, salían consoladas y emocionadas: era Bartolomé, siempre generoso y entergado, quien les había hecho pasar un rato agradable a ellos.

En la noche del 31 de mayo de 1946 Bartolomé esperaba serenamente la muerte. En un momento dado, al filo de la medianoche, hizo a su madre un gesto de despedida con la mano. Sonrió y le dijo en un susurro: m’em vaig. Instantes después falleció.


Selección de poesías:
199: Canción del agua viva (17 de enro de 1946)
195: astronomía (3 de octubre de 1945)
186: Pecado y Resurrección (sin fecha)
163: Amada adolescente (16 de octubre de 1944)
158: Amor a la tierra (5-6 de agosto de 1944)

*Material facilitado por la Asociación Cultural Falla l'Albufera de Catarroja. Que se utilizó para la exposición Nou dies d'octubre.